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Nuestra historia

Chente y Meme

Es aquí donde empieza la historia con Papá Chente y Mamá Meme.

Sus hijos

 

Once hijos de ese matrimonio: Ramón, Susana, Inés, Kiko, María,  Vicente, Catalina, Manuel, Alfonso, Raymundo y Altagracia .

 

Nuestra familia

Ahora al pasar de los años somos muchos mas.

La casa de Lago

por Cibeles Marín

 

 

La emoción extraordinaria de un domingo en la casa de Lago, ese lugar prodigioso en el que un montón de chiquillos correteábamos por los patios y por un jardín que era más tierra que pasto a fuerza de carreras, de saltos y de trepadera de árboles y en donde cada rincón era perfecto para jugar a las escondidas, a los encantados y para llevar a cabo las pesquisas propias de nuestro espíritu explorador, es un tesoro de recuerdos imborrables, inevitablemente matizados y coloreados por el tiempo que ha transcurrido y por el camino que cada uno de nosotros fue tomando, pero que aún ahora, están bien prendidos en el alma y arraigados en el corazón.

Es tan emotivo evocar esos recuerdos, como divertido fue en su momento vivirlos y disfrutarlos. En la señorial casona de Lago nunca sabías con quien te ibas a encontrar, con que tíos o primos ibas a coincidir, pero de lo que si podías estar segura, era que siempre encontrabas casa llena y que siempre había una pléyade de tíos y tías abuelos amorosos, por supuesto, unos más querendones que otros, que te decían con un cariño tan genuino, como gozoso que eras linda, que eras encantadora, que eras perfecta, que eras Millán.

La constante de las visitas a Lago eran el piano y las fotos de Mamá Meme y Papá Vicentito que presidían la sala principal, la buena compañía, la conversación amena, la música, el parkase, los juegos de cartas y como si eso fuera poco, una excelente cocina preparada por las entrañables manos de las tías Gracia y Cata.

Para nosotros, los chamacos, el placer venía de los juegos y las aventuras con los primos domingueros en las que perseguíamos a las gallinas, nos horrorizábamos de los cerdos y nos metíamos en los rincones prohibidísimos de la casa buscando la cajita de música de la tía María, coronado por la incesante búsqueda de tesoros perdidos en los corrales y en los cobertizos, solo para salir con los zapatos llenos de tierra, las rodillas raspadas, los cachetes colorados y con una envidia espantosa porque a los Avilez si les daban permiso de quedarse a dormir en ese paraíso en la tierra que era la casa de Lago.

Las remembranzas de las vivencias en Lago están llenas de imágenes como la mirada amorosa e inteligente de mi tía Gracia, mía, como, estoy segura la sentimos todos, una mujer inquebrantable, valiente y leal que invariablemente tenía palabras cariñosas y motivadoras para cada uno de nosotros. Memorias preciosas como los caramelos guardados en una cajita de metal, que junto con sus melodías nos regalaba a manos llenas la tía María -a mí no me tocó (que triste) aprender piano y gozar de su disciplina musical- pero si saboreé el entusiasmo que provocaba en grandes y chicos cuando quitaba la mantilla bordada y con flequitos del piano para llenar la sala de música y de encanto, o el perfecto alborozo que, años después, ya en Aries, nos provocó a todos su himno a la selección nacional de futbol.

Imposible no guardar en el corazón la sobriedad y reserva del tío Kiko, a quien había que llamar a comer muchas veces porque nunca nadie sabía dónde andaba, -tal vez en Misa o tal vez tomando la siesta o más bien, quien sabe dónde-  o la elegancia y gentileza de la tía Lala con sus vestidos largos y oscuros y sus cuellos de encaje, cerquita muy cerquita del tío Ramón, que a mí me parecía un hombre importantísimo, sacado de una estampita o de un libro de historia, que daba besos y picaba con su bigote y sus barbas porfirianas bien arregladitas y que vivían en una casa de ensueño, un palacio de a de veras y que servían en una vajilla preciosa de cristal verde y rosa, una de las primeras cosas que en la vida provocaron en mí una fascinación irresistible y me enseñaron a amar las cosas bellas y delicadas.

Imprescindible recordar con gran deleite, la simpatía y la risa franca y sonora de mi tío Alfonso, ante todo distinguido, el más divertido y el más apapachador de todos, a lo mejor porque lo percibía en una fusión perenne con la tía Elena, mujer maravillosa, de generosa alegría, de conversación amena y afectuosa, con una voz que reflejaba un corazón de oro y que verdaderamente iluminaba cuando cantaba con mucho amor aquello de “farolito que apenas alumbras mi calle desierta…” al igual que la autoridad imponente de mi tío Manuel, fuente inagotable de información y a quien todos escuchaban con gran deferencia, respeto y cariño, un hombre siempre tan propio y que lucía espectacular al lado de mi tía Carmela, tan distinguida, tan señora y tan buena persona.

Memorias amadas como la figura casi angelical de la tía Inés, sentada en su mecedora y de quien mi mamá me decía en voz bajita “ella bordó el cuadro que está en la sala” y yo pensaba que eso solo estaba en su imaginación, porque a mi buen entender, esa personita con unos huevitos de madera en sus manitas, no podía haber dibujado con aguja e hilos de seda una imagen tan hermosa, que hasta el día de hoy, adorna la estancia de la casa de mis padres, así como la figura de la tía Cata, la consentida de mi abuelo, la patrona de la casa de Lago, la que disponía y repartía, la que calladita parecía deslizarse por la casa, con sus lentes grandotes, la que picaba las verduras y las hierbas y cocía pucheros con la carne de los puercos y las gallinas y la que inevitablemente sabía dónde estaba guardado el cognac de los señores con la misma exactitud con la que sabía al dedillo todo lo que hacíamos y deshacíamos los niños.

Maravilloso recordar las animadas charlas en las que salía a relucir el carácter de general de infantería de la tía Susa, la única de las hermanas que pudo escaparse del yugo familiar y tener muchos hijitos, gracias a lo cual, nos bendijo con un regalo poderosísimo: la tía Susa nos dio a Rafael y que decir de las expresiones de admiración a la galanura del tío Raymundo, que verdaderamente, hay que reconocerlo, era muy guapo y ya para entonces era leyenda, porque muy quitado de la pena declaró su independencia espiritual, familiar y geográfica, razón por la cual los niños furtivamente nos contábamos con gran admiración sus andanzas con la poquita información que, a pesar de las muchas precauciones de nuestros mayores, lográbamos jalar.

Que felicidad fue para una niña, compartir ese entramado familiar con sus abuelos, mis primeros amores, mi Papá Chato, Vicente, en honor a su papá, un hombre de una nobleza extraordinaria, mi mejor amigo durante muchos años, mi primer compañero de juegos, mi cómplice, el que me enseñó a cantar, a hacer figuritas de plastilina, a poner los nacimientos más espectaculares del mundo, a leer a los cuatro años y a montar en triciclo y a su compañera de vida, la abuela más tierna, mi Mamá Tina, quien contaba las mejores historias del mundo y que sin saberlo y a lo mejor, sin siquiera proponérselo, era la epítome de lo Millán: sensible, artística, buena, divertida y elegante.

Yo aprendí de mi Papá Chato a amar a mis tíos abuelos, porque el, cada vez que podía, visitaba, o no, mejor dicho, se refugiaba en casa de sus hermanitas. Ese amor de familia, se fortaleció a través del amor que mi mamá le profesaba a sus tíos y a sus tías, amor que transmitió y permeó en sus cuatro hijas.

Que placer es acordarse, cuando todos los recuerdos son felices, interesantes y divertidos, que sencillo, cuando lo que te queda en el alma y en la mente es el amor y el ejemplo de una buena vida. Seguramente no todo era color de rosa, pero lo malo debe haber sido muy poco o intrascendente a mi formación, porque mis remembranzas quedan totalmente libres de cualquier sinsabor.

Lo que en mi permanece es el amor que recibí de mis tíos y mis tías y de mis abuelos Millán y la memoria de mis bisabuelos aún vive en mí, a través de las vivencias disfrutadas con ellos y ellas. Son en mi vida, identidad, rumbo, ejemplo, conciencia de origen y sentido de pertenencia.

Ha pasado mucho tiempo y sin embargo, hasta el día de hoy, no puedo ver un globo de Cantoya, de aquellos, como los que con tanto amor construía mi Papá Chato para deleite de todos, sin imaginar que dentro de este, viajan los hermanos, acompañándose unos a otros y eso sí, echándonos un ojito a todos, tal y como eran, divertidos, platicadores, cariñosos, enojones y mandones, queriéndose, como siempre se quisieron, solidarios los unos con los otros y unidos, como siempre les gusto vivir, como la perfecta familia muégano que fueron: grande, dulce, difícil de roer, bien crujiente y siempre deliciosa.

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